Primer clase de manejo

Me siento al volante empalidecida, me tiemblan las manos, me suda la frente. Con la poca lucidez del momento , lo miro sorprendida pensando en voz alta ¡Me estafaron!¿y el doble comando? “Es solo en pedales” me dice este flaco y se prende un pucho sacandole el filtro. Yo me pongo tensa, él pone primera, sostengo el volante y respiro profundo, trato de aflojarme pero es imposible, me duele la panza.

Hago cinco cuadras, doblo a la derecha y me llevo puesta una plazoleta. El tipo me frena y cambiando de tono me da mil instrucciones como a un nene bobo.

Un poco mareada emprendo la marcha. Perdes perspectiva! me dice enojado, debes mantenerte sobre tu costado! mirá los espejos!, tocale bocina!, prendete las luces!,  poneles el guiño!,  no te distraigas!, relaja los brazos! y a todo esto me duele la panza. Esto es por los nervios me digo a mi misma, no seas tan tonta, vos podes hacerlo.

Estuve un largo rato hasta agarrarle la mano a eso de doblar sin enroscarme los brazos y cuando ya pensaba que esto era muy fácil al flaco se le ocurre sumarme pedales. Repaso en mi mente cual era el embrague y cual otro era el freno. Pisando el embrague le mando primera e intento moverlo. Esto es todo un éxito! En pleno apogeo conduzco en las calles , estoy manejando! no puedo creerlo!

Llegando a la esquina se acumula el transito y nuevamente insisto me duele la panza. Ponele segunda!,  mirá los espejos!,  tocale bocina!,  no gires tan lento!, a fondo el embrague!, no toques el freno! ya estoy agobiada, me frustro, no puedo.Intenta alentarme y me dice sonriendo “tenes condiciones, yo he visto peores” .  Me quedo tildada, eso no es consuelo…  Mira hacia adelante! cuidado ese viejo!

“Ya vamos volviendo” me dice entre fasos, “cambiemos de lado así tomo el mando”. Por fin en la escuela suspiro profundo, siento un gran alivio, ahi tengo un baño.

MUJER+AL+VOLANTE

Autoescuela

Aprovechando mi horario de almuerzo corro a mi infalible sesión de terapia. “Natalia, no podés seguir así”, me dice con tono de reto mi psicoanalista. Porque parte de ser independiente implica también moverse independientemente, osea manejar. “Ni en pedo”, le digo, ella sabe de mis traumas y por eso insiste. No se si lo hace para ayudarme o de yegua nada más.

La última vez que estuve al volante me choqué un auto que estaba estacionado. “Correlo un poquito”, me dijo Mariano y quede estrolada contra un Toyota blanco. Conducir  no es para mí, nací torpe y voy a ser torpe toda mi vida. Una vez me disloqué un hombro por calcular mal al pasar por el marco de la puerta y otra terminé con una venda en la cabeza por llevarme puesto un televisor de esos que cuelgan en los colectivos de larga distancia. Mariano en más de una ocasión debió acudir a la guardia, desde clavarle una uña en el ojo hasta volcarle agua hirviendo lo hicieron víctima de mis torpezas. Lo peor fue el día que me pidio ayuda para cortarse el pelo, dos días estuvo sin hablarme y un tanto más sin una patilla. No logro maniobrar con el carro del supermercado y pretende que maneje sin atropellar gente!.

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A modo de reflexión y de ejercicio personal me indica que arme un listado de pros y contras.

PROS

  • No depender de Mariano para llegar a algún lado
  • No esperar más bajo la lluvia, con los 2 chicos y cargada de bolsas, que algún taxista se digne a llevarme
  • Voy a perfeccionar mi diccionario de puteadas
  • Superarme a mi misma
  • Vencer mis miedos
  • No sentirme una inútil ante la pregunta; ¿Qué?¿No manejás?

CONTRAS

  • Soy un peligro social
  • El chapista cuesta fortunas
  • Nos convendría pagar seguro contra todo riesgo
  • Voy a ser el centro de más de una puteada, pobre mi hermana, pobres mis tías y pobre mi vieja!
  • Las multas van a afectar mi bolsillo y mi relación marital
  • Durante 6 meses tendré fija en el auto la “P” de principiante (o de Pelotuda)
  • No tengo tiempo para practicar
  • No existe nadie con menos sentido de la orientación que yo, necesito comprar un GPS.

A pesar del resultado y para darle el gusto, llamo al número que me dejó en el bolsillo. Buscando algún hueco entre mis horarios decido finalmente levantarme más temprano.

Son las 7:30 de la semana siguiente, medio dormida y arrepentida ya estoy en la puerta de la autoescuela. Un tipo desgarbado y con olor a faso me guia hasta un auto con doble comando…

Contraponiendome a la obesidad

Mariano estoy gorda? fue la pregunta que nunca debí hacer. Todavía recuerdo su cara inmutable buscando vaya a saber que respuesta en su cabeza, en eso, y para su alivio, mi hijo mayor entra en la habitación y le susurra al oído “papá, por que mamá tiene el culo tan grande?

Esa misma tarde-noche comencé el gimnasio.  “Quiero venir a la clase mas aeróbica que tengan”, le dije a la secretaria y a las 9 de la noche estaba frente a una mina musculosa que pegaba patadas voladoras al ritmo de una canción “Tengoo Tengooo Tengoo una escopetaaaaa”. 9 y 10 miro el reloj, 9 y 12 no doy mas, cada pierna me pesa una tonelada, me falta el aire, tengo taquicardia, me transpira hasta la oreja. 9 y 20 me cago en la secretaria y la escopeta se la metería en el orto. 9 y 25 me tiemblan las rodillas, se me seca la garganta, me arrastro desfigurada en busca de agua. 9 y 28 recupero el aliento, totalmente descoordinada vuelvo a las pistas. 9 y 35 una flaca operada me sonríe burlona, ojalá se le desinfle una teta. 9 y 45 la instructora anuncia la segunda etapa de  Muay Thai, no sé que carajo es pero suena feo, la música se acelera, parezco desquiciada tratando de imitar los movimientos. 10 y 55 tras una serie interminable de abdominales culmina la clase. La flaca operada se retira intacta, yo, desbastada y acalambrada vuelvo a casa.

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El silencio inusual me hace saber que los chicos ya duermen, me acerco a ellos dejandoles el beso de buenas noches. Mariano esta acostado leyendo algún libro de historia argentina. Con las pocas fuerzas que me quedan recojo los restos de la maratón diaria mientras repaso mentalmente las reuniones de mañana. Solo falta colgar la ropa y firmar el cuaderno de comunicaciones. Piso sin querer un juguete musical, Coco me mira fulminante antes de reacomodarse en su cucha.

Por fin la ducha esperada, el dolor del cuerpo me recuerda el pasar del tiempo y las secuelas que me dejaron mis dos embarazos.

Como levitando me meto en la cama. Espío de reojo el reloj que acusa las 12:52 y calculando horas me apuro a dormirme. Ya casi entre sueños la voz de mi marido respira en mi espalda… “Nati… hoy sí, ¿no?”